La verdad que nadie te dice sobre el matrimonio
- Susana Echeverria
- 4 mar
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 24 mar

Una de las cosas más difíciles que he tenido que enfrentar en mi vida fue mi divorcio. Estoy segura de que las personas que me leen y que han atravesado por un divorcio estarán de acuerdo en que es un evento que marca un antes y un después en la vida.
A raíz de todo el proceso que viví, empecé a interesarme profundamente por el amor de pareja y la psicología de las relaciones. Como muchos saben, soy una apasionada de la psicología y del comportamiento humano, así que me dediqué a leer, estudiar e indagar sobre el tema para comprender mejor lo que me estaba pasando y aprender a navegarlo de la forma más sana posible, sin dejar que me destruyera ni que afectara demasiado a mis hijos.
Durante mi proceso también descubrí que una gran mayoría de las parejas que se quedan juntas a lo largo de los años lo hacen por costumbre, por miedo a romper con todo o porque no tienen la valentía de reconstruir sus vidas solas.
“Lo conocido es más cómodo y seguro, aunque sea tóxico o doloroso.”
Afortunadamente, conozco también muchas parejas que siguen juntas y son felices, y eso es algo hermoso. Pero no es simplemente una cuestión de “suerte”.
Nuestra capacidad de sostener una relación sana y feliz, que perdure en el tiempo, depende de muchos factores: nuestra historia de origen, nuestras creencias y expectativas, nuestra disposición a trabajar en nuestro crecimiento personal y mucho más.
El matrimonio no es la meta, es el comienzo
Uno de los errores más frecuentes que cometemos es pensar que el matrimonio es el punto de llegada, cuando en realidad es el punto de partida.
¿Qué quiero decir con esto?
Muchos sentimos que, al unir oficialmente nuestra vida con la del otro, hemos logrado un ideal: el casarnos y creemos que el otro nos pertenece, que el amor durará para toda la vida y, poco a poco, dejamos de cuidarlo, de cultivarlo y de renovarlo.
En otras palabras: nos casamos… y soltamos. Nos descuidamos. Nos olvidamos de que el otro es libre y tiene todo el derecho de irse en cualquier momento si así lo desea.
Casarnos implica que el otro nos regala algo fundamental: un pedazo de su libertad. Y eso es algo que debemos apreciar y reconocer de lado y lado cada día.
Por otra parte, cuando no tenemos suficiente amor propio y creemos que el matrimonio es el punto de llegada, podemos caer en pensamientos como: “esto es lo que me tocó”, “esta es mi cruz”. Y como asumimos que es “para toda la vida”, nos quedamos en una relación que se convierte en una cárcel: infelices, pero juntos.
Ahí es cuando aguantamos, justificamos y normalizamos dinámicas que no son sanas. Decimos: “el amor todo lo soporta”, pero lo único que eso hace es destruirnos y apagarnos como una vela que se extingue lentamente.
Una relación que funciona de verdad no es una cárcel silenciosa; es un hogar donde podemos ser exactamente quienes somos y sentirnos libres y amados por ello.
Las tres características de una relación sana
Desde mi experiencia y estudio, he identificado tres pilares fundamentales en una relación saludable:
Vulnerabilidad
Conexión
Proyectos compartidos
Sobre estas bases se construye un contexto seguro en el que podemos florecer juntos.
1. Vulnerabilidad
Cuando tenemos permiso de ser vulnerables, de mostrarnos ante el otro con nuestras heridas, sombras y miedos, y el otro es capaz de sostenerlo y aceptarlo, significa que podemos ser auténticos en la relación.
La vulnerabilidad es poder desnudarte física y emocionalmente
ante el otro y sentirte segura al hacerlo.
Pero cuando el ego es más fuerte que el amor y sentimos que debemos “mostrarnos” como el otro espera, o preferimos ocultar partes de nuestro ser para no desagradar, no molestar o no ser rechazados, entonces la relación pierde uno de sus pilares esenciales.
2. Conexión
La conexión no se limita al plano físico. Va mucho más allá.
Es pensar en el otro aun cuando no están juntos. Es imaginar una conversación y sonreír pensando en la cara que pondrá cuando le cuentes algo. Es sentir su presencia incluso en la distancia.
Si tu pareja viaja, sigues sintiéndola cercana. Ocupa un lugar en tu mente y eso se refleja en los pequeños gestos: un mensaje de buenos días, un emoticón, una llamada al final del día para saber cómo estuvo todo. La relación trasciende la presencia física.
Necesitamos saber que somos importantes para el otro, que habitamos su mundo interior.
La conexión implica también complicidad: miradas que lo dicen todo, un guiño cariñoso desde el otro extremo de un salón, chistes internos, historias compartidas, un lenguaje propio, secretos y apodos. Ese pequeño universo íntimo es vital para una relación sana.
3. Proyectos compartidos
Finalmente, los proyectos compartidos son fundamentales. Puede ser una meta económica, familiar, intelectual o espiritual.
Cada individuo es único, pero al estar en pareja se crea un espacio común: la relación.
Recuerdo que, cuando mi ex y yo estábamos en terapia de pareja, la terapeuta nos mostró un gráfico que me marcó profundamente porque ilustra este punto claramente.

En una relación sana hay tres entidades:
El individuo A
El individuo B
La relación (C)
Cada uno conserva su individualidad, pero juntos crean una tercera entidad: la relación.
Ambos pueden tener proyectos propios, pero también deben tener puntos de unión y metas compartidas. Debemos honrar y respetar siempre esa tercera entidad.
En muchas relaciones disfuncionales suelen aparecer dos extremos:

La fusión: cuando uno se pierde en el otro y deja de tener amigos, intereses, proyectos o hobbies propios. Su vida gira únicamente en torno a la pareja.
La desconexión: cuando la tercera entidad empieza a desaparecer. Cada uno vive su vida por separado y, aunque sigan juntos o compartan casa, los puntos de unión se diluyen sin que se den cuenta. Ya no existe C: la relación. (Esto fue lo que le pasó a mi matrimonio).😔
La desconexión no ocurre de la noche a la mañana. Es un proceso lento, donde se acumulan resentimientos, decepciones, palabras no dichas y expectativas no cumplidas, como capas de sedimento que, con el tiempo, terminan por romper el vínculo.
Y lo más triste es que muchas veces sucede en silencio.
Amor vs. enamoramiento
Para terminar, quiero hablar de la diferencia entre el amor y el enamoramiento.
Toda relación comienza con el enamoramiento: la famosa “luna de miel”. El otro es perfecto ante nuestros ojos, sentimos que no podemos vivir sin él o ella, pensamos constantemente en esa persona y experimentamos las famosas mariposas en el estómago.
El enamoramiento es hermoso, pero es temporal. Es un proceso hormonal, una química que puede durar uno o dos años como máximo.
El verdadero amor comienza cuando termina el enamoramiento.
Es una decisión diaria y comprometida. Es elegir al otro como tu "hogar" tu lugar seguro. Es permanecer incluso cuando es difícil, cuando hay desacuerdos y diferencias.
Las parejas sanas no son las que nunca discuten, todas las parejas tienen conflictos, la diferencia es que saben gestionarlas, encontrar puntos de conexión y entender que su pareja cambia y evoluciona con el tiempo.
En el amor nada está garantizado ni ganado. Es un trabajo consciente de seguir escogiendo al otro, una y otra vez a lo largo de la vida.😉
Con cariño,
Susana 🌷
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