Separarse también es un acto de amor: la historia de mi despertar
- Susana Echeverria
- 2 abr
- 5 Min. de lectura

Integra, coherente y más fuerte
La historia de mi separación
Los años previos a mi divorcio fueron años de neblina mental y de vivir en negación. Tenía dos niños pequeños y la firme creencia de que el matrimonio era para toda la vida; por lo tanto, en ningún momento me había cuestionado la posibilidad de una separación.
Mi vida estaba llena de ocupaciones: dos mellizos de apenas dos años, una casa que cuidar y organizar, un trabajo a medio tiempo, mis clases de yoga y el almuercito ocasional con alguna amiga… Podríamos decir que, desde fuera, estaba “bien”.
Sin embargo, mi corazón se estaba rompiendo pedacito a pedacito, y no lo quería ver.
Mi relación había empezado a erosionarse mucho tiempo atrás, pero ni mi pareja ni yo estábamos dispuestos a aceptarlo. Creo que ninguno de los dos tenía la más mínima idea de cómo repararla. A pesar de las terapias de pareja y de intentar que las cosas mejoraran, nada parecía funcionar. Entonces seguíamos juntos, en piloto automático.
Habíamos perdido la conexión propia de una pareja enamorada y sana, pero lo habíamos aceptado como nuestra nueva “normalidad”.
No hubo traición, no hubo infidelidad. Por el contrario, ambos teníamos una lealtad firme hacia el otro. Sin embargo, nuestra relación estaba vacía. Éramos dos extraños viviendo en la misma casa.
Nuestro motor eran nuestros hijos. Funcionábamos como un equipo de trabajo a cargo de dos pequeños: nos turnábamos para estar con ellos y cuidarlos, pero eso era prácticamente lo único que teníamos en común.
Mi corazón terminó de romperse un día de verano, a mis 41 años, cuando sufrí un infarto cardíaco, lejos de mi familia, durante un retiro de yoga (qué ironía). Me había ido a descansar unos días, gracias a mis padres, que habían accedido a cuidar a mis hijos durante mi ausencia, ya que mi pareja también debía viajar.
Yo era una mujer muy saludable: sin antecedentes familiares, sin colesterol, comía sano, hacía ejercicio, no fumaba y bebía muy rara vez (no pasaba de una copita de vino en algún evento social). Al llegar a emergencias, todos los médicos me miraban con asombro. Mi caso era una gran incógnita para ellos.
Mi exmarido acudió inmediatamente al hospital (que estaba a nueve horas de la ciudad donde vivíamos), a la mañana siguiente debía viajar al otro lado del mundo, viaje que anuló, por supuesto.
Lo miraba, fiel al pie de mi cama, con esa lealtad inquebrantable que nos unía…
En ese momento entendí que mi cuerpo me estaba gritando. Me estaba obligando a ver mi realidad y dejar de evitarla. A tomar las riendas de mi vida. A tener las conversaciones difíciles. A tomar decisiones que nunca hubiera querido tomar.
Creo que mi ex estaba pensando exactamente lo mismo que yo… Ambos habíamos estado viviendo un infierno silencioso que nos estaba destruyendo poco a poco.
Entendí que el cuerpo nunca miente. Es fiel a nuestro sentir profundo y tiene un límite. Nuestra mente, en cambio, tiene una capacidad infinita de contarnos las historias que queremos oír, de convencernos, de justificarnos, de “protegernos” a su manera.
Sí, la mente siempre busca protegernos de la incomodidad, de lo que no queremos sentir. Mantenernos en lo que es “seguro” y conocido, aunque nos esté destruyendo.
Aquellos días en el hospital, y los meses de recuperación que siguieron, fueron tiempos de profunda integración para mi. Tiempos de encontrar coherencia entre mi cuerpo, mi mente y mi alma. De reunir las fuerzas para tener las conversaciones que nunca quise tener y tomar la decisión más dura de mi vida.
De hecho, fue una decisión que mi pareja y yo tomamos juntos. Como el equipo que siempre fuimos, ambos entendimos que nos merecíamos ser felices, aunque eso significara buscar la felicidad por separado. Habíamos agotado todas las posibilidades de encontrarla juntos… y Dios sabe que lo intentamos, una y mil veces.
Siento que ambos fuimos increíblemente valientes al tomar esa decisión. Nos generó un alivio inexplicable… y, al mismo tiempo, la tristeza más profunda que había sentido jamás.
Este año se cumplen 13 años de nuestra separación y nunca he mirado atrás (y creo que él tampoco). Hoy lo veo como mi mejor maestro en esta vida. Lo honro, lo respeto y lo quiero.
Sí, lo quiero, porque siempre será parte de mi familia. Siempre será el padre de mis hijos y el hombre del que me enamoré perdidamente, con quien compartí más de 20 años de mi vida.
Creo que lo que más sufrimiento genera es sentir que hemos fracasado. Pero no es así.
El matrimonio es una escuela de vida, quizás una de las más grandes, y cada uno tiene algo distinto que aprender en ella. Yo aprendí muchas cosas, y por eso agradezco haber tenido esa experiencia.
A veces escucho a mujeres que, al separarse, sienten que su pasado fue una mentira, que perdieron años de su vida, que todo fue un error… Pero eso es imposible. Ningún tiempo es perdido. Es tiempo de crecimiento, de aprendizaje, de compartir.
Puedo decir que aprendí algo muy importante, aunque suene obvio: nada es para siempre. Claramente, el matrimonio no es una excepción. Como dicen los budistas, la impermanencia es la naturaleza del ser. Todo tiene un final. Y a veces llega cuando menos lo esperamos, antes de lo que imaginábamos o cuando aún no estamos listas.
Pero, para mí, lo importante es mirar atrás y sentir que amé, que construí, que crecí y que aprendí profundamente junto a mi ex.
Hoy soy una mujer más fuerte, más íntegra y, sobre todo, más coherente y sé que también es posible perdonar y construir una nueva relación con nuestra ex-pareja. Porque cuando hay hijos… siempre seremos familia.
Sé que esto suena muy difícil para muchas personas que se han divorciado, sobre todo cuando ha habido infidelidades o traiciones. Sin embargo, pase lo que pase, sí es posible reconstruir una relación sana.
Porque, al final, debemos entender que en una separación no hay un culpable y una víctima. Hay dos personas que llegan a la relación con sus heridas no resueltas, sus miedos, sus inseguridades… y, si no son conscientes de ello, es muy probable que afecten la relación sin que se den cuenta.
A todos los hombres y mujeres que sufren en silencio en un matrimonio vacío, les mando un abrazo gigante. Y les digo esto: la luz brilla más fuerte al otro lado.
Sí es posible reconstruirse, reinventarse… y renacer después de una separación.
Con cariño,
Susana 🌷
Si eres una mujer entre 25-60+ años y estas leyendo esto, quiero pedirte 5-7 minutos de tu tiempo para responder a una pequeña encuesta que estoy haciendo para servir mejor a mi comunidad de almas en crecimiento 😉
Te agradecería infinitamente que la llenes (si no lo has hecho aún) y como regalo te enviaré una linda meditación para calmar la ansiedad. 👉🏼 https://forms.gle/7vr2eARzXvsiYrYd9
Si alguien te compartió este artículo y no estás inscrita a mi boletín, te invito a hacerlo 🤗
¿Te gustaría seguir profundizando en este camino de crecimiento personal y bienestar?
Cada semana comparto reflexiones, herramientas y recursos prácticos en mi blog para ayudarte a cultivar una vida más consciente, plena y alineada con tu esencia.
🌀 Suscríbete a mi newsletter para recibir directamente en tu correo:
Las nuevas publicaciones del blog
Ejercicios y prácticas para tu bienestar
Novedades, talleres y contenido exclusivo
👉Suscríbete aquí Es gratuito, y puedes darte de baja en cualquier momento.
Gracias por estar aquí. Que tu camino hacia una vida plena sea siempre guiado por el amor, la coherencia y la consciencia.



Comentarios