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Una decisión simple que redujo drásticamente mi ansiedad



Cuando tienes una mente hiperactiva, que no para o que constantemente crea escenarios negativos (incluso catastróficos), es muy difícil tener una buena calidad de vida. Porque simplemente no importa dónde estés ni lo que tengas: siempre vas a estar ausente o plagada de ansiedad.


Si además eres una persona altamente sensible y te afecta profundamente el sufrimiento de los demás, tienes un cóctel mental bastante cargado… y seguramente una vida muy infeliz.


Te cuento esto porque ese era mi cuadro mental.


Y realmente era un infierno silencioso.


A los ojos del mundo, yo estaba “bien”. Mi vida funcionaba de forma “normal”. Pero la verdad es que por dentro no estaba nada bien. Estaba sobreviviendo… y a duras penas.


Cuando entendí que necesitaba ayuda


Me tomó bastante tiempo entender lo que estaba pasando dentro de mí. Y aún más aceptar que necesitaba ayuda para liberarme de mi cárcel mental.


Pero lo logré.


Y ahora vivo una vida más plena y mucho más tranquila, independientemente de lo que pase en mi entorno.


No te voy a decir que mi vida es perfecta, porque sería mentir. Pero ahora sé cómo navegar mi mente y mis pensamientos de tal forma que trabajen para mí y no en mi contra.


Y eso NO tiene precio.


Ha marcado un antes y un después en mi vida.


Es por eso que hoy dedico mi vida a acompañar a otras mujeres en este camino hacia un mayor bienestar. Lo hago compartiendo todo aquello que a mí me ha funcionado y lo que he descubierto en mi propio proceso.


El detonante: mi ansiedad relacionada con la salud


Hoy quiero contarte una de las decisiones que tuvo un gran impacto en mi bienestar.


Uno de los temas que más detonaban mi ansiedad era la salud. Muchos de los escenarios catastróficos que pintaba mi mente ansiosa estaban relacionados con la pérdida de la salud.


Si tenía un granito extraño, imaginaba que era cáncer.

Si tenía algún desarreglo en mi organismo, de cualquier índole, imaginaba que era una enfermedad grave e incurable.


En fin, cada pequeña cosa que pasaba en mi cuerpo era el pretexto perfecto para crear historias de horror y sufrimiento.


Lo peor es que me daba cuenta de que mis pensamientos eran exagerados e irracionales. Pero eso no impedía que me hicieran sufrir ni que me produjeran muchísima ansiedad.


Tenía vergüenza de compartir lo que sentía con otras personas. Sabía que no eran pensamientos racionales y, cuando alguna vez lo compartía, las personas —con cariño— me decían que estaba un poco “loca”. 🤪


Lo que cambió cuando me mudé a Estados Unidos


Cuando a mis 28 años fui a vivir a los Estados Unidos, pasó algo interesante.


Allá, las empresas farmacéuticas hacían (y hacen) infinidad de propagandas y publicidad para sus medicamentos. En la televisión había constantemente comerciales sobre medicinas. Y muchos de estos anuncios hacían sentir al espectador que muy probablemente tenía —o podía desarrollar— la enfermedad para la cual el medicamento era necesario.


Como podrás imaginar, esto era una tortura para mí.


Cada vez que veía ese tipo de publicidad, mi mente empezaba a imaginar lo peor.


Para ese entonces, yo ya había hecho algunas terapias psicológicas para combatir mi depresión. Una de las cosas que aprendí es que los pensamientos se alimentan.


Es decir, existen estímulos internos y externos que pueden reforzar nuestros pensamientos o debilitarlos.


Entonces me di cuenta de que esos comerciales estaban alimentando mis pensamientos de ansiedad relacionados con la salud. Así que decidí dejar de “consumirlos”.


Cada vez que empezaba la pausa publicitaria en algún programa de televisión, me iba del lugar a hacer otra cosa: salía a la cocina, al baño, a mi habitación… me ocupaba en algo hasta que la pausa terminaba.


Aprendí a seleccionar lo que consumo


A partir de ahí, empecé a experimentar con otros estímulos.


Me di cuenta, por ejemplo, de que las películas violentas me afectaban profundamente. Cuando las veía, durante días tenía pensamientos relacionados con las imágenes de sufrimiento que había visto.


Entonces decidí que no era necesario ni saludable alimentar mi mente con ese tipo de contenido.


Dejé de ver películas violentas.


Esto no le gustó mucho a mi esposo de aquel entonces, quien me tachó de exagerada. Y entiendo su punto de vista, porque a él no le afectaban al mismo nivel que a mí.


Pero cada persona es un universo único.

Y cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de hacerse cargo de su propio universo.


Finalmente, también dejé de ver noticieros, que en su mayoría son sensacionalistas y muestran principalmente lo terrible que pasa en el mundo, dejando muy poco espacio para noticias positivas o alentadoras.


Esto tiene su razón de ser —y podríamos hablar largo sobre ello—, pero basta decir que los seres humanos tenemos cierta tendencia al morbo y por eso consumimos ese tipo de contenido.


No siempre podemos controlar el entorno, pero sí lo que consumimos


La verdad es que no siempre podemos controlar nuestro entorno.


Pero sí podemos decidir cómo alimentar nuestros pensamientos.


Conocernos, entender nuestras necesidades únicas y reconocer nuestros detonantes nos ayuda a tomar decisiones más coherentes.


Dejar de consumir propagandas farmacéuticas, películas violentas y noticieros sensacionalistas marcó un antes y un después en mi vida.


Y sinceramente, nunca volvería atrás.


El mundo digital y el “algoritmo”


Los tiempos han cambiado mucho. Con el advenimiento del internet y las redes sociales, es mucho más fácil escoger lo que queremos y no queremos ver.


Basta con educar a nuestro “algoritmo”.


Sin embargo, esto también tiene sus peligros. No se trata de vivir en un mundo paralelo. Es importante estar conectadas con lo que pasa a nuestro alrededor y escoger bien nuestras fuentes de información para no caer presas de cualquier engaño.


También hay recaídas


No te voy a negar que tengo momentos de recaída.


Hay eventos en el mundo que me tocan de cerca y no puedo evitar mantenerme informada. Por ejemplo, las atrocidades que están pasando actualmente en los Estados Unidos me han quitado un poco el sueño últimamente.


Sin embargo, esos momentos son la excepción y no la regla en mi vida.


Y tomar la decisión de seleccionar de forma consciente el material que consumo ha sido una de las herramientas más poderosas en mi camino hacia el bienestar.


La historia de los dos lobos


Para terminar, quiero compartirte un sabio proverbio Cherokee que me encanta:


Un anciano Cherokee le dijo a su nieto:

“Querido mío, hay una batalla entre dos lobos dentro de todos nosotros.


Uno está en la oscuridad: es ira, envidia, celos, tristeza, arrepentimiento, codicia, arrogancia, autocompasión, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, falso orgullo, superioridad y ego.


El otro está en la luz: es alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, bondad, benevolencia, generosidad, empatía y verdad.”


El nieto reflexionó un momento y luego le preguntó al abuelo:

“¿Cuál lobo gana la batalla?” 🤔


El viejo cherokee simplemente respondió:


“Aquel al que alimentas.”


Si de verdad quieres alimentar mejor tu mente, necesitas entender cómo funciona, cuáles son tus necesidades únicas y tomar decisiones coherentes… aunque eso signifique disgustar a otros.


Una invitación


Dentro de poco abriré las puertas de mi programa anual CRAC, en el que trabajo de cerca con mujeres que desean mejorar su calidad de vida a través de una mente más tranquila.


Si te interesa, sígueme en redes o suscríbete a mi boletín (si aún no lo estás) para no perderte la información.


Espero que tengas una linda semana.


Con cariño,

Susana🌷


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Cada semana comparto reflexiones, herramientas y recursos prácticos en mi blog para ayudarte a cultivar una vida más consciente, plena y alineada con tu esencia.


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